Los personajes de ficción son unos seres particularmente desafortunados: con frecuencia son mordidos, golpeados, apuñalados, baleados o incuso enloquecidos, sólo para entretener al público. Así pues, nunca está de más saber los efectos en la vida real cuando esas cosas suceden, y así poder narrar mejores historias. Después de todo, cualquier herida es usada siempre para efectos dramáticos, y no hay nada peor que una pésima caracterización. Por otra parte, las cicatrices por sí solas siempre encierran detrás nuevas historias, y humanizan a los personajes por muy rudos que sean.
HERIDAS DE BALA
Es bien sabido que un disparo puede variar de leve a letal dependiendo en qué parte del cuerpo se da, pero también depende del tipo de munición y otros factores diversos.
Las balas de revólveres, rifles y submetralletas, a diferencia de las de una escopeta u otras armas de calibre más pesado, pueden pegar en un hueso y rebotar dentro del cuerpo, provocando serias heridas internas —los calibres más pesados simplemente atraviesan todo a su paso. En películas y programas de TV, generalmente se presenta a las balas causando sólo una herida por donde entran al cuerpo, pero en la vida real eso es algo que sólo es posible con calibres no mayores de .22 . Las balas causan una herida de entrada y una de salida, y esta última puede ser incluso más aparatosa que por donde entró la bala en primer lugar.
Las heridas de salida se mantienen a cierta cercanía de las heridas de entrada, pero usualmente aparecen por donde uno menos se imagina. Por citar un ejemplo, hay casos de individuos a los que un francotirador les apunta al hombro en teoría para no provocar heridas mortales, sin embargo, la bala con frecuencia pega en la clavícula o el omóplato, rebotando hacia la caja torácica, atinándole a órganos vitales antes de salir fuera con una desgarradora herida hasta 30 veces más grande que la bala que la originó —ésto, debido a que dada su velocidad, la bala provoca un vacío tras de sí, y ese vacío colapsa los tejidos blandos sin dificultad.
Las pistolas pueden ser mucho más devastadoras aún, dado que son armas poderosas para distancias cortas. Una pistola calibre .22 o incluso un 9mm, a la distancia adecuada, fácilmente pueden fracturar un hueso, e incluso pueden literalmente desprender un brazo o una pierna —así que esos tiros de fantasía, donde un héroe desarma a su oponente con un certero disparo son sólo eso, fantasía: en la realidad resulta casi imposible lograrlo sin por lo menos volarle un dedo al otro sujeto.
En todo caso, el mayor poder destructivo de las balas depende de la velocidad y la inercia: si se dispara una vela desde un rifle de aire, no importa lo suave que sea la cera, la vela tendrá la fuerza suficiente para clavarse en una tabla gruesa de madera como si fuera un clavo de acero. Y por supuesto, el poder destructivo es mayor si se trata de proyectiles metálicos impulsados por un explosivo como la pólvora, pero la efectividad de la bala disminuye mientras sean mayores las distancias, de ahí el consejo cliché de escenas de guerra: “no disparen, hasta no verles lo blanco de los ojos”.
En heridas mortales de bala, no todo es atinarle a órganos vitales, pues existe el riesgo de infección (por fragmentos de tela, polvo, y claro, pólvora) y de desangración si no hay atención inmediata de la herida. En cuanto a disparos a la cabeza, la situación de gravedad o no, siempre depende de a dónde le atine la bala. El cráneo es uno de los tejidos óseos más resistentes por la simple razón de que debe proteger al cerebro —de ahí la razón que los llamados ‘tiros de gracia’ sean siempre a quemarropa. Un disparo directo a la parte superior del cráneo no necesariamente perfora siempre el hueso, pero en todo caso sí provoca de menos un aturdimiento temporal, pues aun si es solo un rozón, el impacto retumba en el hueco craneano, y el cerebro es un órgano altamente sensible a las sacudidas abruptas. Ahora bien, una bala que pega directamente en la cabeza, cuando no provoca la muerte, puede provocar estado de coma o daños mentales y sensoriales de cualquier tipo. Los disparos dirigidos a la cara, por increíble que parezca, no suelen ser letales, aunque pueden dejar cicatrices más allá de toda cirugía dental y reconstructiva.
Al recibir un disparo, mucha gente pierde el equilibrio y cae debido a la fuerza de empuje de la bala, aunque también hay mucha gente que recibe numerosos disparos en el pecho, y permanece de pie. Una víctima de gravedad de un balazo presenta los siguientes síntomas: palidece, siente frío y ansiedad. Siente sed y sus labios se ponen azules, y con frecuencia pierde la consciencia o entra en estado de shock.
HERIDAS DE COMBATE CUERPO A CUERPO
Técnicamente hablando, sólo hay 2 tipos de heridas dentro de esta categoría: golpes y heridas de armas punzocortantes.
El cuerpo humano es bastante resistente tratándose de concusiones, y también muy fuerte a la hora de propinar golpes. Puños y pies pueden romper dientes y narices aún sin entrenamiento para ello.
Toda herida en la cabeza tiende a generar sangrados muy aparatosos debido que el cerebro es el órgano que requiere mayor oxigenación. Si acaso no has protagonizado bastantes peleas a puñetazos (^_~), pues debes saber que la sangre tiene la tendencia de fluir a ojos y orejas, dificultando prestar atención. Por otra parte, para propinar esos típicos golpes a la cabeza que desmayan, hace falta mucha fuerza y muy rarísimas veces alguien cae desmayado de inmediato.
En situaciones de golpes, los huesos tienden a fracturarse (para romper un hueso, basta una presión de 9 kg/cm2) y los más comunes en tales situaciones son las costillas. Por cierto, en combates a golpes, la gente sin entrenamiento suele lastimarse más fácilmente por sí misma, que por los golpes que recibe. Por ejemplo, algunas personas tienden a lanzar puñetazos con el pulgar dentro de sus otros dedos, y lo único que logran es fracturárselo al dar el golpe. También un golpe mal dado puede producir que se rompa la muñeca, y un golpe a la mandíbula puede acabar con unos nudillos cortados por los dientes de quien recibe el golpe. Por eso es que los boxeadores usan guantes, no tanto para proteger al oponente, sino las manos del boxeador mismo.![]()
Las fracturas autoinducidas también son muy comunes al dar patadas. A menos que usen zapatos muy pesados, muchos sujetos suelen fracturarse sus propios dedos de los pies al patear las costillas de alguien que está caído —las costillas son delgadas, pero los dedos de los dedos de los pies lo son más (de ahí que las botas de obrero o soldado con frecuencia se refuercen con casquillos de metal).
Tratándose de heridas por armas punzocortantes, los humanos por puro instinto atacan hacia el abdomen —después de todo, ahí sólo hay tejidos blandos y es más fácil encajar las puntas. Y cualquier médico forense puede corroborar que los hombres usualmente lanzan tajadas de arriba hacia abajo, mientras que las mujeres lo hacen de abajo para arriba.
Cuando un cuchillo, una flecha o una espada penetra en el cuerpo, provoca una succión entre la hoja de metal y la sangre y tejido a su alrededor. A menos que se trate de una bayoneta u otro filo diseñado para dejar fluir la sangre sin hacer vacío, siempre resulta difícil jalar para afuera un filo. En todo caso, no se recomienda tampoco sacar de inmediato un arma blanca, pues al dar el jalón fuera se puede provocar un desgarrón interno mas grave que la herida original. En esos casos se recomienda dejar el filo donde está —y si es posible, trozarlo a nivel del cuerpo para que no se sacuda— y buscar atención médica de inmediato.
Si una herida de este tipo es en la cavidad torácica, es importante vendar o tapar la herida de inmediato, pues si entra mucho aire, puede provocar una despresurización que colapse los pulmones. Por cierto, las heridas al pecho son excesivamente dolorosas, es fácil caer en shock del puro dolor, aún si ningún órgano vital es herido. Lo recomendable en esos casos es evitar movimientos bruscos (así que evita abusar de esas situaciones de héroes que se pasan de machitos con rezongos cliché del tipo “sólo es una costilla rota”).
En ataques y accidentes punzocortantes, existen también situaciones “de suerte”, donde milagrosamente ni un solo órgano es lacerado. Las arterias y nervios son tejidos muy elásticos y resbalosos, y en un momento dado simplemente se deslizan, desviándose del arma en cuestión —de ahí que lanzas y cuchillos de cacería por necesidad práctica tengan filos dentados, para herir no al entrar, sino al salir. Estas situaciones son frecuentes en ataques mano a mano, pero no así si el filo penetra con fuerza y velocidad adicionales, como sería el caso de una flecha disparada con una ballesta. En esas situaciones, el empuje es tan súbito que pese a su elasticidad, los tejidos no tienen opción mas que ser cortados.
Oh, y por supuesto, el uso de armas grandes como espadas o hachas, es garantía de cortes y cercenaciones totales en golpes y estocadas bien conectados, considerando que hablamos de hojas de metal cuyo peso mayor se convierte en fuerza de penetración adicional, gracias a la inercia.
ATAQUES DE ANIMALES
Los animales atacan con garras, pezuñas y colmillos, por lo que las heridas que provocan son muy similares a las de armas blancas, pero más graves desde el momento en que por instinto, un animal busca rasgar y desgarrar. Los ataques de animales presentan un daño adicional en forma de infecciones seguras —independientemente de si el animal posee glándulas venenosas o no, las garras está en continuo contacto con el suelo, y un animal no se preocupa nunca en desinfectar sus alimentos ni cepillarse los dientes. Toma mucho en cuenta este detalle, especialmente si lo tuyo son los relatos históricos o de fantasía, donde no existen los antibióticos (en la antigüedad, a falta de antisépticos se aplicaban yerbas húmedas, musgo, nieve, o simplemente agua).
El ataque de cualquier animal, si no es desinfectado, provoca que la piel cicatrice mezclada con pus, por lo que las huellas del ataque serán permanentes. Claro, también es importante tomar en cuenta los riesgos mayores como lo son la rabia y otras enfermedades contagiosas
Los animales carnívoros salvajes por instinto se lanzan al cuello, para ya sea desgarrar la garganta o de menos provocar asfixia. Los perros domésticos, por otra parte, suelen más bien morder los brazos y piernas, pues están más a su alcance y no tienen necesidad de atacar a matar (no tienen porqué, si nunca han tenido que cazar para comer o pelear por su vida). Los felinos y simios en general también son muy dados a usar sus garras en tejidos blandos, como los de la cara o el estómago. Particularmente los antropoides (gorilas, orangutanes, chimpancés, gibones y algunos macacos) no suelen atacar al cuello, pues gracias a sus manos prénsiles prefieren atacar hacia los genitales, buscando apretar y arrancar. O bien, optan por agarrarse fuerte para apoyarse y dar mordidas repetidas.![]()
Los animales ungulados (herbívoros de pezuña) prefieren sacar ventaja de sus patas y huir, sólo los machos grandes y pesados o las hembras protegiendo a sus crías optan por la agresión con cuernos, astas y patas. La agresión es proporcional al tamaño y peso, por lo que los ungulados más agresivos son los toros de cualquier especie bovina, los rinocerontes, los elefantes, los jabalíes y los alces. En sí, los más pesados y fuertes.
Las aves, a menos que sean rapaces con garras, atacan principalmente con pico y alas. Particularmente patos, gansos y cisnes poseen alas muy fuertes con plumas rígidas que pueden provocar cortes como los de una navaja recién afilada. Sin embargo, el mayor riesgo ante el ataque de un pájaro, es invariablemente un picotazo a los ojos.
Animales de hábitos acuáticos como tiburones, pirañas, barracudas y cocodrilos tienen otra dinámica de ataque. Éstos recurren más bien a lanzar mordidas fuertes, y una vez prensados, proceden a sacudirse violentamente para arrancar un bocado de su presa. Si se trata de cocodrilos o tiburones particularmente grandes, éstos prefieren tragar las cosas enteras. Aunque claro, si son lo bastante grandes y fuertes, basta una sola tarascada para cortar limpiamente un miembro o dos. Los animales de vida acuática difícilmente atacan a otros seres evidentemente más grandes que ellos, a menos que lo hagan en grupo, como las pirañas o los tiburones. Los peces en particular no están habituados a cazar presas grandes a menos que estén 100% seguros de su ventaja, o muy hambrientos. Y una señal inmediata para que ellos ataquen, es la sangre, la cual los tiburones pueden olfatear incluso a enormes distancias.
Los cocodrilos por otra parte, sí están habituados a acechar y cazar, y los más grandes suelen acechar hervíboros que van a beber agua. En esos casos, los reptiles suelen morder a su presa, afianzarse y nadar a aguas más profundas. Así ahogan a su presa, y ahorran fuerzas. Dicho sea de paso, los cocodrilos pueden cerrar sus mandíbulas con fuerza suficiente como para trozar cables de acero... sin embargo son exageradamente débiles si se trata de abrir las fauces, por lo que es relativamente fácil atárselas o trabárselas si hay oportunidad.
Por cierto, está un poco de más recordar que peces y reptiles tienen escamas, generalmente gruesas y ásperas como papel de lija, que implican graves y dolorosos raspones, y dificultan defenderse sin armas. Y hablando de pieles, algunos animales más pequeños como ranas, sapos o medusas pueden no morder, pero sí contar con venenos mortíferos (el veneno más tóxico del mundo, es el de las serpientes marinas de Oceanía, donde casualmente, hay también cocodrilos marinos y tiburones de los más agresivos).
A todo ésto, es importante siempre recordar un detalle: a menos que estén entrenados para ello, ningún animal ataca deliberadamente y en la medida de lo posible, prefieren sólo intimidar o huir. Sus reacciones violentas siempre están determinadas por el hambre, el miedo o alguna enfermedad como la rabia o una herida punzante (existe casos registrados de elefantes agresivos que atacan a todo lo que se mueve, motivados por dolores de muelas o algo atorado en una uña). Como sea, siempre documéntate primero sobre los hábitos de algún animal salvaje o entrenado, antes de usarlo narrativamente.
ACCIDENTES VEHICULARES
Desde que en los años 1920’s se inició el uso de automóviles, la gente empezó a lesionarse y morirse en accidentes de autos, incluso cuando entonces la velocidad máxima era de apenas 35 km/h.
En un choque automovilístico se implican 3 colisiones. La primera, cuando el auto impacta; la segunda, cuando el pasajero golpea con el interior del auto; y la tercera, cuando los órganos internos golpean con el interior de la caja torácica o el interior de la bóveda craneana. Y ya ni hablar de los efectos de la inercia: si alguien no trae cinturón de seguridad, puede salir volando literalmente por el parabrisas, y seguirse golpeando con todo lo que hay alrededor, aparte del piso.
Ojo al detalle: con gran frecuencia, las víctimas de choques mueren más por los golpes con árboles, postes, muros y rocas, que por el choque en sí —de ahí la razón de ser de los cinturones de seguridad. En caso de usar un cinturón cruzado de hombro a cadera, casi todo el daño se reduce a la clavícula o las vértebras superiores a causa del latigueo de la cabeza al momento del enfrenón brusco. Usar un cinturón de cadera a cadera es más riesgoso, pues al latiguear toda la columna, los órganos internos pueden desgarrarse.
Los conductores son muy vulnerables a lesionarse las piernas con los pedales al momento de colisión. Las heridas pueden ir de simples luxaciones hasta cortadas severas, aún si el frente del auto no se colapsa. En esos últimos casos, es bien sabido que el mayor riesgo es quedar atorado cuando el auto se deforma, pues en esas situaciones es fácil desangrarse hasta morir, o perder un miembro por completo —hay casos de conductores que han quedado mancos cuando el volante se deforma sobre ellos.
En cuanto a lesiones internas frecuentes en accidentes de auto a gran velocidad, una son los paros cardiacos. El corazón se aloja en una especie de bolsa llamada pericardio. Al momento de un impacto, el pericardio se desgarra en su pared interna y se llena de sangre, provocando presión adicional al corazón, el cual entonces interrumpe sus latidos. El único tratamiento es insertar una aguja al pericardio y drenar la sangre. Otro riesgo aún más serio en un choque, es tensión en el neumotórax: el rebote interno de órganos provoca que el aire en los pulmones salga súbitamente hacia la cavidad pleural (otra bolsa, ésta, alrededor de los pulmones). El aire no puede salir por la tráquea, y forma una burbuja que aplasta a la aorta, la vena cava y la tráquea, provocando en consecuencia una asfixia interna. El único tratamiento efectivo es también insertar una aguja, y drenar en este caso el aire fuera del cuerpo (ocasionalmente puede funcionar también una traqueotomía de emergencia, pero existe entonces el riesgo de desangración por un corte mal realizado). Por supuesto, estas heridas internas no son exclusivas de los choques, también pueden darse en una pelea a golpes o una caída, provocando lo que coloquialmente se llama shock de la caída o la pelea.
En una situación de arrollar con un vehículo, no cambian mucho las lesiones, sólo hay que tomar en cuenta que el impacto directo implica un empuje contra el cofre, parabrisas y todo lo que pueda haber alrededor, con un riesgo mayor de lesiones en el pecho y la cabeza.
EXPLOSIONES
Cuando algo explota, crea una onda expansiva de efectos contusivos. La fuerza de ese golpe depende de muchos factores, incluyendo la naturaleza de la explosión y hasta la presión atmosférica. En un ambiente húmedo, el agua en el aire permite que la onda se desplace más rápida y fuerte que en aire solamente. Esto también significa que las explosiones submarinas son de las más peligrosas para todo aquél que tenga la mala suerte de nadar cerca.
Estar en un espacio abierto es algo bueno en una explosión, pues en un interior es fácil que la onda expansiva rebote e incluso se amplifique al rebotar en los muros —algo similar a lo que sucede con el sonido en catedrales y salas de conciertos. Hablando de eso, el sonido puede convertirse también en una onda expansiva destructora. En una explosión, el primer consejo de seguridad, se esté cerca o no, es cubrirse los oídos con ambas manos y abrir la mandíbula, para que el cambio de presión no afecte el sistema pulmonar, y se reduzcan también los riesgos de sordera. El sonido por sí mismo posee también una poderosa fuerza de impacto, pero sus efectos contusivos solo se perciben a una gran cercanía, pues no es una onda del tipo expansiva, sino del tipo vibratoria. De todas formas, el golpe del sonido puede resultar tan poderoso como la onda de impacto misma.
Las lesiones primarias son provocadas por las ondas expansivas, y a esas les siguen los impactos de metralla, cascajo y otros objetos pequeños que salen volando con el poder de balas de poco calibre. Sobra mencionar que el vidrio y las astillas de madera son muy propensos a clavarse en la piel, con consecuencias particularmente dolorosas dado su tamaño diminuto y su gran número. En un tercer lugar, están las heridas indirectas que uno puede hacerse a consecuencia del empuje de la onda expansiva —nunca es agradable golpearse contra el suelo, un muro, un poste o cualquier otro obstáculo duro. Ya en un 4º término, se incluyen diversas heridas posteriores a la detonación, que dependen del tipo de explosión: quemaduras del tracto respiratorio (al aspirar gases químicos o radiactivos a altas temperaturas), quemaduras cutáneas de primer a tercer grado, intoxicación radiactiva, lesiones por escombros que caen, asfixia por humo, ceguera por partículas de polvo, sordera parcial o total, etc. Fácilmente, una explosión puede involucrar todas las lesiones citadas líneas arriba, por lo que conviene tomar en cuenta todos los factores involucrados a la hora de la explosión. Por cierto que no todas las explosiones implican combustión e incendios, ya que algunas reacciones químicas son tan inmediatas, que consumen todo el oxígeno a su alrededor, impidiendo entonces que las flamas surjan. Sin embargo, la onda de calor permanece y puede llegar a provocar quemaduras, o calcinaciones inmediatas, como es el caso de las explosiones nucleares.

Los conductores son muy vulnerables a lesionarse las piernas con los pedales al momento de colisión. Las heridas pueden ir de simples luxaciones hasta cortadas severas, aún si el frente del auto no se colapsa. En esos últimos casos, es bien sabido que el mayor riesgo es quedar atorado cuando el auto se deforma, pues en esas situaciones es fácil desangrarse hasta morir, o perder un miembro por completo —hay casos de conductores que han quedado mancos cuando el volante se deforma sobre ellos.
